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lunes, 3 de junio de 2019

El monstruo que todos llevamos dentro.


Por: Francisco Uribe (Emprendedor)

David era un hombre feliz, tenía una vida plena y su oficio era generoso en tiempo y economía, sin embargo, sentía que algo le hacía falta. 

Él era pintor de brocha gorda y muy bueno en su trabajo; siempre tenía su agenda llena pues, las personas lo buscaban por sus buenos resultados e interés en los pequeños detalles. 
Una mañana mientras David tomaba su desayuno, leía la sección cultural del periódico y cayó en cuenta que, su verdadera pasión era la pintura al óleo; recordó aquél tiempo, varios años atrás, cuando pintaba al óleo y cómo poco a poco fue alejándose de esa actividad pues, cada vez tenía más casas que pintar y sus necesidades económicas también iban creciendo. Esa misma tarde, al finalizar su jornada, David decidió retomar la pintura al óleo y se dirigió al almacén que solía frecuentar en su juventud. Compró los mejores materiales que tenían en ese momento y volvió a sentirse como aquélla navidad cuando recibió ese regalo que estaba tan ansioso por estrenar. 

Ya en casa, acondicionó la habitación que ahora sería su estudio, ordenó sus instrumentos y materiales y, sin darse cuenta ya eran las once de la noche. Decidió comenzar a pintar al día siguiente después de su jornada laboral. Y así lo hizo. Por la tarde, al llegar a casa, se dirigió directamente a su estudio y comenzó a pintar. Con cada pincelada sentía como una dosis de endorfinas se liberaban y recorrían todo su cuerpo. Poco a poco, su obra comenzó a tomar una forma muy prometedora. Pasaron varias semanas en las que se repetía esta rutina al regresar del trabajo, sin embargo, ya no causaba la misma satisfacción que al principio. Diferentes factores fueron rescindiendo la nueva actividad de David, como el cansancio, ya que había sacrificado el tiempo para descansar en pintar, situación que comenzó a mermar sus resultados como pintor de brocha gorda y, por otro lado, el factor económico comenzó a ser apremiante pues el costo de sus insumos no era nada barato. Al paso de los días, la pintura al óleo ya no le satisfacía como al principio y, además, le frustraba el resultado de su obra, ya que no era el esperado. Llegó a considerar el comenzar la pintura desde cero, sin embargo, decidió no intentarlo más y evitaba incluso, pasar cerca del estudio de pintura, tanto así, que, si tenía que entrar, evitaba voltear a ver su pintura porque sentía que al verla le reclamaría por el abandono. David comenzó a tener problemas para dormir, todas las noches cuando su cabeza tocaba la almohada se preguntaba: - ¿Si esto no se me dio, entonces, en qué seré bueno?, ¿Cómo es que lo que me apasionaba, ahora ya no me gusta?, ¿Por qué no pude logarlo? Y, la peor de todas: - ¿En qué momento esto cambió de ser una pasión a algo que me estresa tanto? 

El siguiente fin de semana, David decidió alejarse de lo que él definió como un fracaso y salió a caminar por el centro de la ciudad. Se detuvo frente a una tienda de muebles que tenía en el centro de la vitrina, a manera decorativa, el cuadro “Los girasoles” de Vincent Van Gogh, contempló la obra por varios minutos mientras pensaba: - ¿Por qué los demás si pueden y yo no? La pregunta comenzó a presionarlo tanto que estuvo a punto de romper en llanto y entonces, miró fijamente un par de girasoles que están en medio de la obra, había detectado algo que, para David pudo ser un error que el mismísimo Van Gogh pudo haber tenido y corregido tan sutilmente que no afectó en lo absoluto el resultado de la obra. Al ver esto, David reflexionó si dicho error le habría causado al artista la misma crisis que él. Después de analizarlo por unos minutos, David regresó a casa motivado y se dirigió al estudio abandonado que resguardaba su obra inconclusa. Comenzó a pintar otra vez, porque descubrió que, hasta al mejor artista se le puede complicar el proceso, y que, si ese artista llegó a ser el mejor, fue por seguir intentando y no detenerse por la frustración que pudiera surgir durante el proceso. Al día de hoy, David continúa perfeccionado su obra y pinta con la misma pasión que al principio, sabiendo que no todo será sencillo y que debe de afrontar la frustración y los miedos para poder desarrollar su sueño y volverlo tangible.

Estimado emprendedor, todos somos David en nuestro camino por llegar al éxito. Quiero advertirte que tengas cuidado con el miedo a no alcanzar tu objetivo, así como a no saber manejar tu frustración cuando los resultados no sean los esperados. Salir de tu zona de confort, será el Goliat que deberás de vencer en tu nueva vida para materializar tus sueños.





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